El Espíritu Santo ha vivificado tu vida

Lo que demuestra que el Espíritu Santo ha vivificado tu vida son las capacidades que él deposita en tu interior.  Pero antes de derramar de su Espíritu sobre tu vida, Dios quiere entregarte todo lo que creíste haver perdido, llenarte de bendiciones y abundancia. 
Todo lo que quieres hacer y lo que Dios quiere hacer contigo requiere finanzas y requiere que creas que el Dios...

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El Espíritu Santo da el poder para el crecimiento en santidad


El Espíritu Santo da a conocer a Jesucristo y lo glorifica; persuade de pecado, de justicia y de juicio a los seres humanos; e imparte nueva vida a aquellos que ponen su fe en Jesucristo. Él mora permanentemente en todos los creyentes; y desde el mismo momento en que ocurre el nacimiento espiritual los bautiza para hacerlos miembros del Cuerpo de Cristo; y los sella como garantía de su salvación eterna.

    El Espíritu Santo da el poder para el crecimiento en santidad. También, según la soberana voluntad de Dios, el Espíritu Santo reparte a cada creyente diferentes dones espirituales para la edificación mutua, y para el servicio cristiano en general. Algunos de los dones del Espíritu Santo no tienen base bíblica para su pertinencia o necesidad en la actualidad, pues cumplieron su propósito durante el período de la fundación y establecimiento de la Iglesia.
Jn. 16:7-11, Ro. 8:9, 1 Co. 12:13, Gá. 5:16, Ef. 4:30



1. Neumatología: Parte de la Teología Sistemática que estudia la persona y la obra del Espíritu Santo en las diferentes épocas de la historia humana, incluyendo además temas como su relación con Jesucristo, con la iglesia, y con el cristiano.

2. Exposición.

    2.1. “El Espíritu Santo da a conocer a Jesucristo y lo glorifica;
2.1.1. El Espíritu Santo es la tercera persona de la Trinidad. Su obra divina es evidente en el Antiguo Testamento en la Creación (Gé. 1:2), en la Providencia (Ex. 31:3 y 35:30-35, Nm. 11:17, 25, Sal. 104:29-30, Job 26:13, Is. 28:26), y en la Revelación (2 S. 23:2, Ez. 2:2, 8:3, 11:1 y 24, Hch. 28:25, 2 P. 1:21). Aunque el Antiguo Testamento no revela completamente toda la obra que el Espíritu Santo realizaba en esos tiempos, si encontramos abundante información acerca de ella. Hay información, incluso, acerca de la obra que el Espíritu Santo habría de hacer en los tiempos futuros, con relación al Mesías y al reino mesiánico, asuntos que el propio Jesucristo cita durante su ministerio terrenal. El Nuevo Testamento abunda mucho más en mostrarnos la Deidad y la obra del Espíritu Santo.

2.1.2. El Espíritu Santo da a conocer a Jesucristo enseñando y recordando a los cristianos acerca de las enseñanzas de Cristo (Jn. 14:25-26). Por ese ministerio docente del Espíritu, es que la “producción” del Nuevo Testamento estaba predicha y garantizada (Jn. 15:26; 16:12-15).
Jesús les hizo tres promesas equiparables a sus discípulos. Prometió que estaría entre aquellos que se reunieran en Su nombre (Mt. 18:20). Prometió que no los dejaría huérfanos (Jn. 14:16-20). Prometió estar con ellos en todo lugar y en todo momento (Mt. 28:20). ¿Cómo se cumplen esas promesas en nosotros? Parece evidente que ocurre a través de la presencia y obra del Espíritu Santo en hacer realidad en nosotros la gloria de Jesucristo (Ver 2 Co. 3:17-18).
Tener la presencia del Espíritu Santo es tener la presencia espiritual permanente del Jesús resucitado, ascendido y glorificado. El Espíritu Santo vino, por lo tanto, a tomar el lugar de Jesús como la Palabra encarnada o el Hijo de Dios. Pero el Espíritu no vino a reemplazar o a desplazar a Jesús. Cuando decimos, entonces, que el Espíritu Santo da a conocer a Jesucristo, queremos decir que lo muestra, es decir, que lo hace efectivamente presente en, y con nosotros.

2.1.3. La glorificación de Jesús por medio del Espíritu Santo está estrechamente relacionada con el testimonio del Espíritu acerca de Jesús (Jn. 16:14). Así, el Espíritu Santo no solamente da a conocer al Jesús resucitado, sino que también lo honra y lo glorifica.

    2.2. persuade de pecado, de justicia y de juicio a los seres humanos;
2.2.1. Juan 16:8-11 enseña que el Espíritu Santo convence al mundo de pecado, de justicia, y de juicio. El verbo “convencer” en ese pasaje significa “dar clara evidencia de un acto criminal con el propósito de producir arrepentimiento”. El sustantivo que aparece en He. 11:1, traducido por muchas versiones como “convicción”, se refiere a una persona que sabe y entiende lo que cree. El Espíritu Santo convence de pecado porque el mundo es incrédulo. Esta incredulidad es la base sobre la cual se convence, se acusa, o se saca la evidencia. El Espíritu Santo convence de justicia porque durante su vida y ministerio, Cristo fue el máximo testimonio de justicia. Hoy en día, puesto que Cristo ya no está presente en cuerpo en la Tierra, para convencer al mundo de justicia se hace necesario el convencimiento por parte del Espíritu enviado por Cristo. El Espíritu Santo convence de juicio pues el juicio mismo de Satanás provee la base para dar por sentado que con seguridad vendrá juicio para el mundo.

    2.3. e imparte nueva vida a aquellos que ponen su fe en Jesucristo.”

2.3.1. La regeneración por el Espíritu Santo.
2.3.1.1. La regeneración es el acto divino que produce nueva vida en el creyente. Sin regeneración no hay salvación. Esto es fundamental. Es el principio del proceso de santificación en la vida del creyente. Un proceso que se observará durante toda la vida de crecimiento espiritual.

2.3.1.2. Del texto en Juan 3:1-13 aprendemos tres aspectos relacionados con la regeneración. Lo primero es que para entrar al reino de Dios necesitamos haber nacido de nuevo (vrs. 1-4). Los pasajes claves del Antiguo Testamento para explicar y entender Juan 3 son Isaías 44:3 y Ezequiel 36:25-27.

Lo segundo es que es el Espíritu Santo el que hace que nazcamos de nuevo (vrs. 5-8). Dios es quien proporciona la revelación necesaria para alimentar y dar base firme a la fe, por medio de la cual el hombre será regenerado. Así, la Palabra de Dios da base suficiente para creer, y por consiguiente, para que el Espíritu Santo ejecute la obra de la regeneración en el que cree. (Compare la declaración de Jesús en este texto en Juan con Stg. 1:18 y 1 P. 1:23.) Nacer de nuevo significa nacer de arriba (Cf. Juan 1:13). No es un proceso, sino un acto instantáneo irrepetible e irreversible (semejante al nacimiento físico), donde la experiencia y los sentimientos no determinan si la persona ha nacido de nuevo o no. La regeneración, por lo tanto, se basa en la fe y en el acto del Espíritu Santo. Nacer de agua significa limpieza (el nuevo nacimiento limpia al pecador). Nacer del Espíritu significa que es obra del Espíritu Santo, quien es el agente que efectúa el nuevo nacimiento. En otras palabras, no hay regeneración sin el Espíritu Santo (Compare Jn. 3:5 con Ez. 36:25-27; y Jn. 3:8 con Ez. 37:10,14). La regeneración se lleva a cabo por medio de un método que la mente humana no es capaz de discernir a cabalidad. Este método es misterioso, invisible, sin la posibilidad de que la experiencia juegue un papel importante a la hora de tener la convicción de haber nacido de nuevo. En otras palabras, ni lo sentimos ni lo percibimos... ¡lo creemos!

Lo tercero que enseña Juan 3 es que sólo los que hemos nacido de nuevo podemos entender la esperanza de una nueva y maravillosa vida (9-13). Los creyentes del Antiguo Testamento no tenían toda la revelación sobre la regeneraciónPero según Jesús, Nicodemo, como maestro de Israel, debería haber sabido algo acerca de la regeneración . El hecho de que el Antiguo Testamento no enseñe explícitamente sobre la regeneración, no quiere decir que el Espíritu Santo no la efectuaba. Por cierto, sí la enseña implícitamente con la figura del corazón “circuncidado”, “limpio”, y “nuevo” con que se daba a entender una nueva vida (Dt. 10:16, 30:6; Sal. 24:4, 73:1, Cf. Sal. 73:13; Pr. 20:9; Jer. 4:4, 4:14, 24:7; Ez. 11:19, 18:31, 36:26). Puesto que desde Adán todos somos pecadores, Nicodemo debió haber entendido que para entrar en el Reino de Dios siempre ha sido necesario nacer de nuevo. De lo contrario, nadie de tiempos del Antiguo Testamento se habría salvado.

    Tampoco tenían toda la revelación sobre otras enseñanzas tales como la resurrección y la Trinidad. A través de toda la historia bíblica, Dios fue revelando Su Palabra poco a poco. Eso es lo que en la sección sobre Las Sagradas Escrituras (Bibliología) llamamos “revelación progresiva”.

2.3.1.3. La regeneración que el Espíritu Santo efectúa en los que creen en Cristo produce frutos: Produce una nueva vida (Jn. 1:12, 1 Jn. 5:1). Produce una nueva naturaleza (2 Co. 5:17). Produce una capacidad para servir a la justicia y buscar el bien (Ro. 6:13). Produce una nueva esperanza (Ef. 2:1,4-7, Ro. 15:13).

2.4. “Él mora permanentemente en todos los creyentes; y desde el mismo momento en que ocurre el nacimiento espiritual los bautiza para hacerlos miembros del Cuerpo de Cristo; y los sella como garantía de su salvación eterna.”

    2.4.1. La morada del Espíritu Santo.

 La morada del Espíritu Santo es la obra por medio de la cual el Espíritu Santo concede Su persona de manera permanente al creyente a partir del momento mismo de la conversión. El Espíritu Santo llega a morar en el creyente para siempre (Jn. 14:16-17). La morada del Espíritu Santo es un regalo (Hch. 11:17; Ro. 5:5; 1 Co. 2:12; 2 Co. 5:5). ¡Todos los creyentes somos templo del Espíritu Santo de Dios! El Espíritu Santo mora en todos los creyentes (1 Co. 6:19-20), incluso en los cristianos carnales (1 Co. 6:19-20 Cf. 1 Co. 3:1). De la declaración de Pablo a los atenienses, entendemos que la tradición de que a Dios se le encuentra de manera especial solamente dentro de “las cuatro paredes” de un templo, es paganismo (Hch. 17:24). Esta idea había afectado la nación de Israel misma, pues se sabía que Dios estaba en el Templo de manera especial para ser adorado, lo que es diferente a que Dios moraba limitadamente en el templo (Cf. Jn. 4:20-24).

    2.4.2. El bautismo del Espíritu Santo.

Somos cristianos auténticos gracias al bautismo del Espíritu Santo. Este se puede definir como la obra por medio de la cual el Espíritu Santo introduce y coloca al creyente nacido de nuevo dentro del cuerpo de Cristo, el cual es la Iglesia. En otras palabras, es un acto de iniciación (entramos en la Iglesia) y de identificación (somos de Cristo y de Su cuerpo).

No hay referencia del bautismo del Espíritu en el Antiguo Testamento, pero si es presentado como un evento profético en los evangelios y en Hechos (Mt. 3:11, Mr. 1:7-8, Lc. 3:16, Jn. 1:33, Hch. 1:5). El bautismo del Espíritu es un evento histórico que ocurrió por primera vez en Hechos. Allí se describen cuatro escenas relacionadas con el bautismo del Espíritu: Hechos 2 en Jerusalén con judíos; Hechos 8 en Samaria con samaritanos; Hechos 10 en Cesarea con gentiles; Hechos 19 en Éfeso con judíos discípulos de Juan el Bautista. El bautismo del Espíritu se describe en esas cuatro escenas con una diversidad de expresiones, pero se trata del mismo evento. Y este para evidenciar la formación de una iglesia, no la de varias iglesias, una de judíos, otra de gentiles, otra de samaritanos.

El bautismo del Espíritu Santo es citado cinco veces por Pablo con fines didácticos (Ro. 6:3, 1 Co. 12:13, Gá. 3:27, Ef. 4:5, y Col. 2:12). Lo hace para enseñar que todos los cristianos ya estamos bautizados, no sólo los que tienen un comportamiento más santo o maduro. De hecho, a los carnales corintios se les explica con mucho énfasis.

El bautismo por el Espíritu Santo es una obra del Espíritu Santo, peculiar de la era de la iglesia. Es una realidad para todos los creyentes. Constituye al creyente en miembro del cuerpo de Cristo identificándolo con Él y con Su cuerpo, que es la iglesia (Ef. 1:22-23). El bautismo del Espíritu Santo es la realidad de que somos identificados con el cuerpo de Cristo de manera universal. El bautismo en agua es el símbolo de esa realidad, es decir, es el testimonio delante de una congregación local de que en verdad pertenecemos al cuerpo universal de Cristo.

El bautismo del Espíritu Santo es una obra instantánea, permanente y no se repite vez tras vez en un creyente. Por lo tanto, es una obra que no se basa en, ni se deriva de, la experiencia: ni se busca ni se merece. (Notar la voz pasiva del verbo en 1 Co. 12:13; el sujeto no tiene nada que hacer para que la acción se ejecute.) No hay ningún mandamiento para que busquemos ser bautizados con el Espíritu Santo, puesto que lo fuimos en el momento de nuestra conversión.

Además de la unidad de la iglesia universal como su resultado práctico, el bautismo del Espíritu Santo también identifica al creyente con Cristo en todos los aspectos, pero sobre todo, debido al simbolismo detrás del bautismo, descrito en Romanos 6, identifica al creyente con la muerte de Cristo. Esto reta al cristiano a morir a la naturaleza pecaminosa, al pecado y a mostrar una auténtica vida de santidad.

    2.4.3. El sello del Espíritu Santo.

El sello del Espíritu es la certeza de que nuestra salvación llegará a su culminación, y por lo tanto, los creyentes no podemos ni podremos perdernos. Esta doctrina es de gran importancia porque da seguridad y convicción de que somos propiedad de Dios. Si de tener seguridad se trata, pues aquí está la respuesta: ¡El que ha aceptado a Jesucristo como su Salvador personal, le pertenece a Dios para siempre!

La obra de haber sido sellados fue instantánea, no es un proceso. Según Efesios 1:13-14, Dios el Padre es quien nos selló (agente) por medio del Espíritu Santo (instrumento). Ver también 2 Corintios 1:20-22. El Espíritu Santo mismo es también el sello con que han sido sellados todos los creyentes sin distinción (2 Co. 1:22, Ef. 1:13-14, 4:30).

El sello lo hemos recibido todos de manera incondicional. No se basa ni se deriva de la experiencia. Es una acción ya ejecutada, y por lo tanto es una realidad en la que el creyente no toma parte activa. Lo único que pudiera tomarse como participación humana es la respuesta de fe con la que un pecador cree y es salvo.

El Espíritu Santo es el sello con el que Dios garantiza que nos ha comprado y que nos reserva una herencia para el futuro. Las “arras” son la prenda –sello– que el comprador deja para dar garantía al vendedor de que terminará de pagar lo que ha comprado. El sello es la seguridad de que todo lo que Dios ha hecho a favor del creyente llegará a un feliz término en el futuro. A eso es a lo que la Biblia llama la herencia reservada. En conclusión, el sello busca proveer la total seguridad al creyente de que, como pertenece a Dios, su redención final y total está garantizada. El Espíritu Santo es el sello que garantiza que viviremos en el cielo por toda la eternidad.

2.5. “El Espíritu Santo da el poder para el crecimiento en santidad.”

    2.5.1. La plenitud o llenura del Espíritu Santo.
Esta es la obra mediante la cual Él controla al creyente y le hace vivir una vida espiritual, la cual se hace evidente con un crecimiento de santidad y madurez cristiana. En el libro de los Hechos, la llenura –o control– se relaciona directamente con una capacidad especial necesaria para una determinada ocasión, sobre todo para predicar el Evangelio en medio de oposición. Pero en la carta a los Efesios, no se trata tanto de un acto momentáneo o especial, sino de un proceso continuo y progresivo. Considerando que la forma verbal “sed llenos” (Ef. 5:18 RVR) está en modo imperativo (i.e., es un mandato), en tiempo presente (i.e., acción con carácter permanente), y en voz pasiva (i.e., el sujeto es receptor de la acción de otro agente), una posible traducción literal sería: “Déjense controlar por el Espíritu.” La llenura, entonces, la hace el Espíritu como un proceso en el creyente, y no tan sólo como un acto.

    2.5.2. Por lo anterior, se relaciona la llenura con el crecimiento en madurez y santidad. 
El crecimiento en santidad es una obra progresiva (i.e. proceso) que el Espíritu Santo realiza en la medida en que el cristiano es controlado (Ef. 5:18). Por eso mismo decimos que ésta si es una obra repetitiva (Hch. 2:4, 4:8, 4:31) que produce un cambio de conducta. El poder que el Espíritu Santo da para crecer en santidad podría entenderse como que en ese proceso el Espíritu Santo tendrá más del creyente, pero no que el creyente obtendrá más del Espíritu Santo. El Espíritu Santo ya ha sido dado totalmente. No es un objeto divisible que se da en porciones.
2.6. “También, según la soberana voluntad de Dios, el Espíritu Santo reparte a cada creyente diferentes dones espirituales para la edificación mutua, y para el servicio cristiano en general.

    2.6.1. Ya desde el Antiguo Testamento notamos al Espíritu del Señor capacitando 
a los hombres de Dios en el área intelectual, moral, y oficial. Tales son los testimonios, por ejemplo, de lo que el Espíritu hizo en hombres como José, Moisés, Josué, David, Daniel y Nehemías, entre otros.

    2.6.2. Los dones espirituales son habilidades sobrenaturales, dadas soberanamente por Dios a todo creyente. 
Así nos capacita para realizar un servicio (ministerio) particular dentro de la iglesia. Nos fueron dados mediante el Espíritu Santo para edificarnos unos a otros. Siempre están relacionados con la iglesia y el servicio de ella, en ella y para ella. (Ro. 12:6-8). Dios nos ha dado el potencial de honrarlo mediante un servicio exitoso (1 P. 4:7-11). Para ello, El Padre (Ro. 12:3), el Hijo (Ef. 4:8-11), y el Espíritu Santo (1 Co. 12:11,18) nos han distribuido dones espirituales. El calificativo “espirituales” puede ser una indicación de que la persona de la Trinidad que más está relacionada con la distribución y el ejercicio de los dones es precisamente el Espíritu Santo. Un “don” no es la responsabilidad general que todos tenemos. Todos somos responsables de evangelizar, aunque no se tenga el don de evangelista. Todos somos responsables de ayudar, aunque no tenga el don de servicio. Tampoco es el grupo a quien servimos: existe el don de maestro, pero no el don de maestro de niños; ni el don de evangelista para jóvenes. No es la labor con la que se sirve: un evangelista puede usar su don por medio de la música, igual un maestro; pero no hay un don de la música. No es la experiencia: Existe el don de administrar, pero no existe el don de asesor financiero de iglesias. No es la posición: alguien puede ser pastor, sin tener el don de pastor-maestro, y viceversa. Mucho menos confundamos don espiritual con fruto del Espíritu (Gá. 5:22-23).

    2.6.3. ¿Cuándo se reciben los dones espirituales? 
La respuesta no se encuentra específicamente en la Biblia. Se deduce teológicamente que son otorgados por el Espíritu Santo en el momento mismo de la conversión.

    2.6.4. ¿Quiénes reciben los dones? 
¡Todos, y solamente, los creyentes! Las expresiones “cada uno”, “todos”, “cada cual”, dan a entender claramente que todo cristiano genuino recibe al menos un don (Notarlas en Ro. 12, 1 Co. 12, Ef. 4, 1 P. 4). Se trata de lo que Dios quiso darle a cada creyente, no de lo que el creyente deseó (1 Co 12:11,18).

    2.6.5. ¿Para qué recibimos los dones? 
Para servirnos unos a otros (1 Co. 12:7, 1 P. 4:10), para edificarnos unos a otros (1 Co. 14:12,26, Cf. Ef. 4:12), y para que Dios sea alabado (1 P. 4:11).

2.7. Algunos de los dones del Espíritu Santo no tienen base bíblica para su pertinencia o necesidad en la actualidad, pues cumplieron su propósito durante el período de la fundación y establecimiento de la Iglesia.”

    2.7.1. Limitaciones de los dones espirituales en cuanto a la cantidad: 
No todos los creyentes tienen todos los dones; aunque algunos creyentes puedan tener y ejercer más de uno (1 P. 4:10-11). No todos los creyentes tienen el mismo don (1 Co. 12:29-30, Ro. 12:4). Esto es especialmente importante para refutar que todos los creyentes deben tener, por ejemplo, el don de lenguas.

    2.7.2. Limitaciones de los dones espirituales en cuanto al tiempo: 
La Biblia no afirma categóricamente la cesación de algunos dones, ni tampoco afirma categóricamente la vigencia permanente de todos. El estudio interpretativo (exegético) de la Biblia no nos ofrece claridad al respecto, por lo cual recurrimos a argumentos teológicos para sostener que algunos dones fueron temporales y otros son permanentes. Ni los pentecostales ni los cesacionistas debemos encontrar en esto un espacio para menospreciar la postura ni del uno ni del otro ya que muchos otros temas de la teología así es como se han desarrollado, es decir, a partir de argumentos teológicos deductivos cuando y sólo cuando no tenemos un estudio bíblico inductivo que muestre en “blanco y negro” que nuestra posición bíblica es categórica. Expondremos con mucho aprecio y respeto y sin menosprecio a otras posturas.

El argumento teológico principal que muestra la cesación paulatina de algunos dones es que la Biblia nos da evidencia del propósito de los diferentes tipos de dones. Otro argumento ampliamente conocido es que habrían de cesar cuando “venga lo perfecto”. Desarrollaremos aquí algo de esos dos argumentos.

Sin pasar por alto el triple propósito explicado en 2.6.5, reconocemos que había propósitos particulares para algunos dones. Todo parece indicar que algunos dones fueron más necesarios durante el tiempo de la introducción y confirmación del Evangelio, antes de que la revelación escrita estuviera completa. (De alguna manera esta última declaración concuerda con los dos argumentos mencionados en el párrafo anterior.) Particularmente en el libro de los Hechos los “dones milagrosos” (milagros, sanidades, lenguas, e interpretación de lenguas) tuvieron el propósito de autenticar el mensaje apostólico (Cf. 2 Co. 12:12). Este mensaje llegó mediante el uso de los “dones revelacionales” (apostolado, profecía, conocimiento, discernimiento). Hebreos 2:3-4 parece confirmar lo anterior. Nótese estos tiempos verbales: “fue anunciada”, “fue confirmada”, y “oyeron”. Los tres se refieren a hechos consumados en el pasado.

En el libro de los Hechos las señales sobrenaturales daban testimonio y ratificaban que lo que estaba sucediendo era de carácter divino y singular. Las lenguas en particular eran señal a los judíos incrédulos. Incrédulos, en primera instancia, en el caso de los que no reconocían a Jesús como el Mesías. Incrédulos, en segunda instancia, porque parecía que a los judíos que sí eran creyentes, les costaba comprender que Dios estaba formando UNA iglesia de judíos (Hch. 2), samaritanos (Hch. 8) y gentiles (Hch. 10, 11); no tres iglesias, una judía, otra samaritana, y otra gentil. Por ejemplo, en Hechos 8 no había otros judíos aparte de Felipe, y luego de Pedro y Juan, por lo que, aunque hubo señales, no hubo lenguas. En cambio, en Hechos 10:23,25 se dice claramente que unos judíos acompañaban a Pedro. No es por casualidad que se menciona este hecho. Pedro no habría querido ir solo a esta misión, así que se hizo acompañar de “testigos” que respaldaran su actuación y lo que podría suceder. Por eso, cuando se dan las lenguas, el pasaje menciona que los judíos se asombraron y lo relacionaron con lo que había sucedido varios años atrás en el día de Pentecostés. De manera que las lenguas sirvieron como la señal de autenticación para los judíos, incluidos los propios apóstoles en Jerusalén, de que los gentiles también entrarían a formar parte del mismo cuerpo que se había iniciado en Pentecostés entre los judíos solamente. ¿Necesitamos de esto hoy?

En 1 Corintios 13:8 se afirma que en algún momento van a cesar los dones que imparten conocimiento parcial: profecía, lenguas y conocimiento. La similitud que usa Pablo, entre estos dones y la diferencia entre lo que es propio de un niño con lo que es propio de un adulto (v.11), es base para anticipar que estos dones cesarían cuando la Iglesia creciera en madurez. Esto se afirma identificando “lo perfecto” con el conocimiento propio de la Revelación Escritural completa, lo cual ocurrió antes del 100 A. D. El hecho de que el canon bíblico se haya completado para esta fecha es justo simultáneo a la formación completa de la iglesia unida que dejaron los apóstoles de Cristo, siendo Juan el último de ellos. Pensamos que esto es argumento con el suficiente peso teológico en lugar de pensar que “lo perfecto” se refiera a la segunda venida de Cristo, que si fuera así, obviamente todos los dones estarían hoy vigentes y hasta que Cristo venga. ¿Acaso más bien no esperamos que con la venida de Cristo recibiremos dones nunca antes imaginados? ¿Cómo estaríamos pensando en cesación hasta entonces? Es más natural aceptar la temporalidad que tuvieron aquellos cumpliendo su propósito.

2.7.3. Dios siempre puede hacer milagros. Eso es diferente a que otorgue dones milagrosos todo el tiempo. Definitivamente que hay épocas caracterizadas por muchos milagros espectaculares: el tiempo de Moisés y Josué, la época de varios jueces, de Elías y Eliseo, y sobre todo, la época del ministerio de Jesucristo. La historia de la iglesia, aún en el primer siglo, parece indicar que las señales milagrosas fueron perdiendo importancia y frecuencia con el correr del tiempo. Por ejemplo, hay un contraste muy marcado entre el libro de los Hechos, que nos habla de los primeros años de la iglesia, y la epístola a los Efesios, unos treinta años después. En el primero sobresalen los hechos milagrosos; en el segundo, ni siquiera se mencionan.

3. Reflexión.
    3.1. En una conocida Teología Sistemática, su autor enseña que la regeneración y la morada del Espíritu Santo 
es una obra que es real para los creyentes del Nuevo Testamento, pero no para los del Antiguo Testamento. Pero, preguntémonos: ¿Sabían los israelitas que el Espíritu Santo moraba en ellos basándose en su propia experiencia? No. (Cf. Is. 63:9-10). ¿Sabríamos nosotros por nuestra propia experiencia? ¡Tampoco! No había revelación completa en cuanto a este asunto –como tampoco a otros– en el Antiguo Testamento. Nosotros tampoco sabríamos que el Espíritu Santo mora en nosotros si el Nuevo Testamento no lo hubiera revelado. En todo tiempo ha sido necesario ser hijo de Dios, para hacer la obra de Dios, en el poder del Espíritu de Dios (ver, por ejemplo, Zac. 4:6). Las “idas y venidas” con las que se hace referencia a la morada “temporal” del Espíritu Santo en los santos del Antiguo Testamento, podemos entenderlas como que más bien significan que se trataba de recibir capacitación oficial de parte de Dios para una obra especial (principalmente de revelación, de profecía, de capacidad para gobernar) a ciertos individuos escogidos (profetas y reyes). Esta capacidad –y no “morada” –, sería condicionada, explicándose así esa “temporalidad”. ¿Cuál piensas que sería el factor condicionante?
    3.2. Con respecto a los dones espirituales que creemos que no están vigentes, 
quizás debemos reconocer que hay personas, creyentes o no, que parecen necesitar ser estimulados por medio de experiencias como el hablar en lenguas, o tener visiones. A muchas de ellas les da una “sensación” de seguridad, realización, satisfacción, o utilidad. En casos así, una postura prudente es aceptar, como alguien ha dicho, que “no tenemos el derecho a quitarles esas experiencias, pero si tenemos el derecho a evitar que esas experiencias sean consideradas autoritativas y necesarias para todo creyente.” ¿Cómo podrías expresarles a estas personas tu amor y respeto?

    3.3. No es indispensable tener los “dones temporales” 
para vivir una vida individual de plenitud en el Espíritu, ni para que la Iglesia tenga una vida dinámica y plena. El apóstol Pablo nunca exhorta a la iglesia a buscar entre sus miembros a aquellos que tienen estos dones. Prácticamente ni los menciona después de escribir 1 Corintios. El fruto del Espíritu, descrito en Gálatas 5:22-23, no relaciona para nada la madurez con los “dones temporales”. Tampoco los requisitos para los líderes en Timoteo y Tito. Son indicios claros que un cristiano puede ser maduro y lleno del Espíritu sin necesidad de poseer alguno de esos dones. Las experiencias de grandes siervos de Dios a través de la historia y de grandes épocas en que la iglesia ha brillado, son otro ejemplo de esto. En todo caso, lo que vemos en las “manifestaciones” actuales, difiere de lo que está identificado con los dones bíblicos. ¿Es el fruto del Espíritu una realidad constante en tu vida? ¿Estás usando tus dones espirituales para servir con amor a otros?

    3.4. El Espíritu Santo y Las Sagradas Escrituras no se contradicen. 
¿Qué importancia práctica tiene para ti esa declaración?

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El arrepentimiento era "para perdón de pecados"

El bautismo de Juan el Bautista

El verbo "bautizar" significaba "sumergir" o "limpiar, lavar con agua".
(Mr 7:4) "Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos."
En este versículo encontramos dos veces el término "bautizar" (traducido como "lavar") asociado con la limpieza personal o de diferentes utensilios.
Pero en el contexto de nuestro pasaje, el término se relaciona con el bautismo de personas. Concretamente tiene que ver con un ritual religioso que los judíos de aquellos días practicaban a los prosélitos gentiles cuando se convertían al judaísmo. Se trataba de un lavamiento simbólico en el que se purificaban de sus pecados cometidos como paganos e idólatras mientras se disponían para servir a Dios.
Y es precisamente esto último lo que marcaba la diferencia con el bautismo de Juan, porque debemos notar que él no bautizaba a gentiles que se convertían al judaísmo, sino a judíos, miembros del pueblo de Dios. Con ello, estaba dando a entender que los judíos se habían vuelto como paganos y tenían que convertirse a Dios. ¡No podían confiar en que simplemente eran descendientes de Abraham! Miremos sus advertencias a aquellos que le escuchaban.
(Lc 3:8) "Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre; porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras."
Así que, por medio de este bautismo Juan tenía la finalidad de reunir al verdadero pueblo de Israel y prepararlos para la manifestación de Dios. Esto era precisamente lo que el ángel le había dicho a su padre Zacarías cuando le anunció el nacimiento de Juan el Bautista.
(Lc 1:17) "...para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto."
Pero en cualquier caso, el bautismo de arrepentimiento que Juan realizaba, por sí solo, no era suficiente. Debía ser completado, como él mismo diría, por el bautismo en el Espíritu Santo que realizaría Jesús.
(Mr 1:8) "Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo."
El libro de los Hechos también pone en evidencia esta misma verdad. Apolos sólo conocía el bautismo de Juan y fue necesario que Priscila y Aquila "le expusieran más exactamente el camino de Dios" (Hch 18:24-26). Pablo encontró en Éfeso a doce discípulos que Juan el Bautista había bautizado, pero que no tenían el Espíritu Santo. Fue necesario que creyeran en Jesús y se bautizaron en su nombre para poder recibir el Espíritu (Hch 19:1-7).

El arrepentimiento

El evangelista nos dice que Juan predicaba el bautismo de arrepentimiento. Pero ¿qué es el arrepentimiento? La palabra griega para "arrepentimiento" significa "un cambio de pensamiento o de mente" que lleva necesariamente a un cambio de vida. Todos los profetas hablaban de la necesidad de "volver a Dios". Este retorno a Dios implicaba dejar de hacer aquellas cosas que ofenden a Dios.
El arrepentimiento incluye tres elementos importantes:
  • Un entendimiento de la maldad del pecado, como algo cometido contra Dios (Sal 51:4), y que por ende constituye una ofensa contra Él.
  • Una profunda tristeza por los pecados cometidos (2 Co 7:10).
  • Un propósito serio de abandonar el pecado, y vivir una vida de santidad ante los ojos de Dios (Lc 3:8).
No cabe duda de que es incómodo, difícil y a veces peligroso plantearle a cualquier persona la necesidad del arrepentimiento. Con frecuencia se sienten heridos en su orgullo y amor propio. Pero Juan el Bautista lo predicó, Jesucristo lo predicó, y ambos perdieron sus vidas por ello. Pero lo hicieron no por el mero deseo de protestar, sino porque éste es el primer requisito para reconciliarse con Dios.

El perdón de pecados

El arrepentimiento era "para perdón de pecados", es decir, su meta era obtener el perdón de los pecados.
Desgraciadamente, esto no era una preocupación para los judíos de la época de Juan el Bautista. Ellos estaban más interesados en buscar alguna forma de librarse del yugo romano bajo el que estaban sometidos. Y hoy en día, a la gente de nuestro tiempo le ocurre lo mismo. En su orden de preocupaciones hay muchas otras cosas, pero no el perdón de sus pecados. Sin embargo, ¡sus pecados eran mayores enemigos que los romanos! ¡Sus pecados los tenían más esclavizados que los invasores!
¿Qué significa la palabra "perdón"? En el original tiene el sentido de "soltar", "liberar". El "perdón", entonces, implica "soltar" a alguien de la culpa o de la condenación del pecado. Esta idea se encuentra expresada hermosamente en algunas escrituras.
(Sal 103:12) "Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones."
(Miq 7:18) "¿Qué Dios como tú, que perdona la maldad, y olvida el pecado del remanente de su heredad? No retuvo para siempre su enojo, porque se deleita en misericordia."
Es incuestionable el alivio que le produce al hombre el arrepentimiento. El director de un hospital psiquiátrico dijo: "Si pudiera liberar a mis pacientes de sus sentimientos de culpabilidad, podría dar de alta inmediatamente a la mitad de ellos."
Dios está dispuesto a perdonarnos (como el padre del hijo pródigo) pero es necesario que volvamos a Dios, nos arrepintamos, cambiemos de sentido.
¿Qué relación tenía el bautismo de Juan con el perdón de los pecados? Lo que está claro es que el bautismo, por sí solo, no efectuaba el perdón de los pecados. El perdón dependía de una verdadera actitud interna del corazón, de un quebrantamiento ante Dios, de un reconocimiento de la culpabilidad, y de una decisión seria de cambiar la forma de vida. Por eso Juan exhortaba, "haced frutos dignos de arrepentimiento" (Mt 3:8). El bautismo era una forma externa de dar testimonio de que había habido un arrepentimiento interior.

"Y salían a él toda la provincia de Judea, y de Jerusalén"

El impacto del ministerio de Juan fue tremendo. Y esto a pesar de que desarrolló su ministerio en un lugar poco conveniente: un desierto, y de que anunció un mensaje poco atractivo: el arrepentimiento del pecado.
El verbo, "salían", indica una acción continua; día tras día, la gente salía de Jerusalén y las zonas aledañas, para escuchar a Juan predicar, y ser bautizados por él. Como un comentarista afirma, Juan vació las ciudades, y llenó el desierto. El historiador Josefo confirma esta descripción del ministerio de Juan. Él habla de muchas personas que se congregaron para oír a Juan el Bautista, conmovidos tremendamente al escuchar sus palabras (ver Antigüedades, XVIII. 118).
Aunque Marcos menciona Jerusalén y Judea, sabemos que también vinieron de Galilea, porque algunos de los discípulos de Juan eran del norte (Mr 14:70).

"Y eran bautizados por él en el río Jordán"

El Jordán era un lugar lleno de recuerdos para los judíos. Por ahí atravesaron sus padres cuando entraron a la tierra prometida. Detrás de ellos quedó toda una historia de sufrimiento y muerte, y ahora entraban a su herencia. De todo eso era símbolo ese rito que hacía Juan. Les recordaba el pasado al que habían muerto y les simbolizaba la nueva vida que se abría delante de ellos.

"Confesando sus pecados"

El mismo acto de descender a las aguas del Jordán para ser bautizados constituía una confesión implícita de su pecaminosidad. No sabemos si el bautismo era acompañado por una confesión verbal de sus pecados.
El verbo "confesar" que Marcos usa aquí, es una palabra compuesta que tiene la idea de "hablar junto con", es decir, "hablar la misma cosa que" Dios. Esta es la esencia de la confesión del pecado. Implica ponernos de acuerdo con Dios, y afirmar juntamente con Él, que lo que Él dice acerca de nosotros es verdad; somos pecadores (1 Jn 1:8-10).
Por lo tanto, al confesar nuestros pecados, no estamos tratando de minimizarlos, o excusarlos, o de poner pretextos, sino todo lo contrario.

"Y Juan estaba vestido de pelo de camello"

¿Por qué usaba Juan esta vestimenta? En primer lugar, porque era la vestimenta de la gente humilde. Cristo afirmó que Juan no se vestía de ropas delicadas (Mt 11:8). En segundo lugar, porque aunque su padre era sacerdote, él se distanció de esa clase y lo manifestaba al no usar sus mismas vestiduras. En tercer lugar, porque esta vestimenta apuntaba a que Juan se consideraba el cumplimiento de la profecía de Malaquías (Mal 4:5) acerca de la venida del profeta Elías que habría de aparecer antes de la llegada del Mesías. Comparar la descripción de Elías en (2 R 1:8).

"Y comía langostas y miel silvestre"

Esta era la comida del desierto, y apuntaba a una vida de sencillez. Las langostas se comían secas o hervidas en agua salada. La "miel silvestre" probablemente venía de panales que las abejas hacían entre las rocas, o en algunos árboles del desierto.
Los detalles sobre el vestido, la comida del Bautista y el lugar desierto son importantes, porque señalan una vida de separación de todo cuanto busca y aprecia el mundo. Era un hombre que vivía su mensaje, y esto es importante, porque no se puede condenar el mundo siendo del mundo.

La predicación de Juan el Bautista

La predicación de Juan tuvo dos partes. Primero predicó el arrepentimiento, del que el bautismo era un símbolo (Mr 1:4). Segundo, predicó acerca de la venida del Mesías (Mr 1:7-8).
  • "Viene tras mí el que es más poderoso que yo". Por fin se cumplían las profecías del Antiguo Testamento. Había llegado la hora (Ga 4:4-5). Y Juan fue designado para anunciar el comienzo de la Obra del Mesías.
  • "A quien no soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado". Era una costumbre en la época de Juan que cuando un amo llegaba a casa con sus sandalias llenas de polvo del camino, su esclavo se las quitaría para que se sintiera cómodo. Y ante la dignidad superior de Aquel que venía, Juan no se tenía por digno ni aun de llevar a cabo la misión de un siervo. Como un comentarista ha dicho: "El que viene es hombre, pero su calzado no impide que merezca adoración divina". Con estas palabras Juan quiere manifestar un reconocimiento profundo y real de la grandeza de Cristo. Su posición queda clara; ante el Mesías él era simplemente un siervo. Y su actitud nunca cambió. Por ejemplo, cuando el pueblo comenzó a preguntarse si tal vez Juan era el Cristo esperado, él de ninguna manera quiso ocupar un lugar que no le correspondía (Lc 3:15-16) (Jn 1:19-20). Podemos afirmar con seguridad, que si algo caracterizaba la predicación de Juan es que exaltaba a Cristo.
  • "Yo a la verdad os he bautizado con agua pero él os bautizará con Espíritu Santo". Después de resaltar la diferencia entre la dignidad del Mesías y su precursor, ahora lo va a hacer entre sus ministerios. Juan bautizaba con agua. Jesucristo lo haría con el Espíritu Santo. Como ya hemos visto anteriormente, la labor de Juan quedaría totalmente incompleta sin la de Cristo. Juan preparaba el camino al Mesías por medio del bautismo de arrepentimiento. Pero sólo Jesús podía dar el Espíritu Santo y la salvación. Notemos de paso que el "bautismo en Espíritu Santo" no es efectuado por el Espíritu Santo, sino por Cristo. Esta profecía de Juan está en el tiempo futuro ("el os bautizará"). ¿Cuándo se cumplió? Fue después de su muerte, resurrección y ascensión al cielo (Hch 1:4-5) (Hch 2:1-13).

Preguntas

1. ¿Por qué Juan el Bautista no ejercía su ministerio en Jerusalén, la capital?
2. ¿Es lo mismo el bautismo de Juan que el bautismo cristiano? ¿Por qué no era completo o suficiente el bautismo de Juan?
3. ¿Qué características debe tener el verdadero arrepentimiento? Explique qué quiere decir la expresión "confesar los pecados".
4. Señale algunas características del ministerio de Juan el Bautista que le parezcan importantes.
5. En este estudio hemos considerado algunas diferencias entre Juan el Bautista y el Señor Jesucristo. Por ejemplo, hemos visto que Juan bautizaba con agua y Jesús lo haría con Espíritu Santo; Juan era un siervo mientras que Jesús es el Señor. Señale otras comparaciones que aparecen en los Evangelios.

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La señal de la vasija rota

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Jeremías 19 (RVR1960)                     

La señal de la vasija rota

19  Así dijo Jehová: Ve y compra una vasija de barro del alfarero, y lleva contigo de los ancianos del pueblo, y de los ancianos de los sacerdotes;
y saldrás al valle del hijo de Hinom, que está a la entrada de la puerta oriental, y proclamarás allí las palabras que yo te hablaré.
Dirás, pues: Oíd palabra de Jehová, oh reyes de Judá, y moradores de Jerusalén. Así dice Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí que yo traigo mal sobre este lugar, tal que a todo el que lo oyere, le retiñan los oídos.
Porque me dejaron, y enajenaron este lugar, y ofrecieron en él incienso a dioses ajenos, los cuales no habían conocido ellos, ni sus padres, ni los reyes de Judá; y llenaron este lugar de sangre de inocentes.
Y edificaron lugares altos a Baal, para quemar con fuego a sus hijos en holocaustos al mismo Baal; cosa que no les mandé, ni hablé, ni me vino al pensamiento.
Por tanto, he aquí vienen días, dice Jehová, que este lugar no se llamará más Tofet, ni valle del hijo de Hinom, sino Valle de la Matanza.
Y desvaneceré el consejo de Judá y de Jerusalén en este lugar, y les haré caer a espada delante de sus enemigos, y en las manos de los que buscan sus vidas; y daré sus cuerpos para comida a las aves del cielo y a las bestias de la tierra.
Pondré a esta ciudad por espanto y burla; todo aquel que pasare por ella se asombrará, y se burlará sobre toda su destrucción.
Y les haré comer la carne de sus hijos y la carne de sus hijas, y cada uno comerá la carne de su amigo, en el asedio y en el apuro con que los estrecharán sus enemigos y los que buscan sus vidas.
10 Entonces quebrarás la vasija ante los ojos de los varones que van contigo,
11 y les dirás: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Así quebrantaré a este pueblo y a esta ciudad, como quien quiebra una vasija de barro, que no se puede restaurar más; y en Tofet se enterrarán, porque no habrá otro lugar para enterrar.
12 Así haré a este lugar, dice Jehová, y a sus moradores, poniendo esta ciudad como Tofet.
13 Las casas de Jerusalén, y las casas de los reyes de Judá, serán como el lugar de Tofet, inmundas, por todas las casas sobre cuyos tejados ofrecieron incienso a todo el ejército del cielo, y vertieron libaciones a dioses ajenos.
14 Y volvió Jeremías de Tofet, adonde le envió Jehová a profetizar, y se paró en el atrio de la casa de Jehová y dijo a todo el pueblo:
15 Así ha dicho Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: He aquí, yo traigo sobre esta ciudad y sobre todas sus villas todo el mal que hablé contra ella; porque han endurecido su cerviz para no oír mis palabras.

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El Arca de la Alianza en poder de los filisteos



1 Samuel Capítulo 4

4:1Y la palabra de Samuel llegó a todo Israel.

El Arca de la Alianza en poder de los filisteos

La derrota de Israel frente a los filisteos

En aquellos días, los filisteos se reunieron para combatir contra Israel. Israel les salió al encuentro para el combate, y acamparon en Eben Ezer, mientras los filisteos acampaban en Afec.

4:2 Los filisteos se alinearon en orden de batalla frente a Israel, y se entabló un duro combate. Israel cayó derrotado delante de los filisteos, y unos cuatro mil hombres fueron muertos en el frente de batalla, en campo abierto.
4:3 Cuando el pueblo regresó al campamento, los ancianos de Israel dijeron: «¿Por qué el Señor nos ha derrotado hoy delante de los filisteos? Vayamos a buscar a Silo el Arca de la Alianza del Señor: que ella esté presente en medio de nosotros y nos salve de la mano de nuestros enemigos».
4:4 El pueblo envió unos hombres a Silo, y trajeron de allí el Arca de la Alianza del Señor de los ejércitos, que tiene su trono sobre los querubines. Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí, acompañaban el Arca.

Nueva derrota de los israelitas y captura del Arca

4:5 Cuando el Arca de la Alianza del Señor llegó al campamento, todos los israelitas lanzaron una gran ovación y tembló la tierra.
4:6 Los filisteos oyeron el estruendo de la ovación y dijeron: «¿Qué significa esa estruendosa ovación en el campamento de los hebreos?». Al saber que el Arca del Señor había llegado al campamento,
4:7 los filisteos sintieron temor, porque decían: «Un dios ha llegado al campamento». Y exclamaron: «¡Ay de nosotros, porque nada de esto había sucedido antes!
4:8 ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de este dios poderoso? Este es el dios que castigó a los egipcios con toda clase de plagas en el desierto.
4:9 ¡Tengan valor y sean hombres, filisteos, para no ser esclavizados por los hebreos, como ellos lo fueron por ustedes! ¡Sean hombres y luchen!»
4:10 Los filisteos libraron batalla. Israel fue derrotado y cada uno huyó a sus campamentos. La derrota fue muy grande, y cayeron entre los israelitas treinta mil hombres de a pie.
4:11 El Arca del Señor fue capturada, y murieron Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.

La muerte de Elí

4:12 Un hombre de Benjamín escapó del frente de batalla y llegó a Silo ese mismo día, con la ropa desgarrada y la cabeza cubierta de polvo.
4:13 Cuando llegó, Elí estaba sentado en una silla al borde del camino, a la expectativa, porque su corazón temblaba por el Arca de Dios. El hombre fue a dar la noticia por la ciudad, y toda la ciudad se puso a gritar.
4:14 Al oír el clamor, Elí preguntó: «¿Qué significa ese tumulto?». Entonces el hombre fue rápidamente a comunicar la noticia a Elí.
4:15 Este tenía noventa y ocho años; había perdido la vista y no podía ver.
4:16 El hombre le dijo: «Vengo del frente de batalla; hoy mismo he escapado de allí». Elí le preguntó: «¿Qué ha pasado, hijo mío?».
4:17 El mensajero respondió: «Israel huyó delante de los filisteos, y el pueblo ha sufrido un gran desastre; han muerto tus hijos Jofní y Pinjás, y el Arca de Dios ha sido capturada».
4:18 Apenas el hombre mencionó el Arca de Dios, Elí cayó de su silla hacia atrás, al lado de la puerta; así se rompió la nunca y murió, porque era viejo y pesado. Había juzgado a Israel durante cuarenta años.

La muerte de la nuera de Elí

4:19 Su nuera, la mujer de Pinjás, estaba embarazada, próxima a dar a luz. Cuando oyó la noticia de la captura del Arca de Dios, y de la muerte de su suegro y de su marido, se encorvó y dio a luz, porque le sobrevinieron los dolores del parto.
4:20 Como estaba a punto de morir, las mujeres que la asistían le dijeron: «No temas, has tenido un varón». Pero ella no respondió ni prestó atención.
4:21 Y puso al niño el nombre de Icabod, diciendo: «La gloria ha sido desterrada de Israel», el alusión a la captura del Arca de Dios y a la muerte de su suegro y de su marido.

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